Esta primera foto trae pistas, para quien conozca la zona: suelo de mármol, vino tinto en un vaso de Nicola, una casita con zócalo pintado de azul...
¡Sí! Estamos en el Alentejo. Para ser más exactos entre Estremoz y Borba, una zona conocida por su vino y por sus canteras de mármol. Lo que no sabía hasta hace poco es que en Estremoz se celebraba cada sábado un mercadillo de antigüedades y productos agrícolas; me lo descubrió un taxista de Badajoz y desde entonces tenía ganas de ir, pero ha resultado mejor de lo que esperaba. Desde el viaje a Lyon tenía mucha envidia de los mercadillos callejeros de allá, ahora sé que tengo uno al otro lado de la frontera.
Por supuesto, había mucha verdura y fruta, y muchos productos curiosos o que no son tan comunes en mercados españoles: por ejemplo, aceitunas en crudo o aliñadas de varios modos (y, abajo a la izquierda, altramuces - tremoços - la tapita obligada para la cerveza en muchos sitios de Portugal):
Frutos secos de otoño (castañas, avellanas...) a muy buen precio, ¡y hasta bellotas! Justo al lado, manojos de poejos (poleo) que en el Alentejo se utilizan para las açordas y otras sopas:
Calabazas, muchas calabazas, incluyendo las del cabello de ángel:
Preciosas manzanas... (como dijo M.A. viendo el cajón repleto de la foto, quién fuera burro):
Y para los de las huertas, plantones y semillas. Una de las cosas que más me ha sorprendido siempre del otro lado de la Raya son los huertos, no sé cómo puede ser que estando justo al lado, aparentemente con el mismo clima y todo, consiguen esos huertos tan frondosos y verdes que parecen gallegos, pero es así; en cada trocito libre, casi al lado de cada casa aparecen esas pequeñas plantaciones de coles apretadas que a mí siempre me han dado mucha envidia.
Y para los que no quieren tanto verde, carnuza: toooda clase de embutidos y chacinas. Yo no soy especialmente aficionada a estas cosas, quizás más desde que vivo con el mozo y me he acostumbrado a tenerlas en casa, pero he de reconocer que me costó elegir qué traer (lo mismo pasó con el quesito).
Había otras cosas que no están en las fotos: plantas aromáticas de lo más singular, conservas, caza, y también animales vivos, que es quizás lo que más lo diferencia de cualquier mercado que se pueda ver a este lado de la frontera. Como pasaba en Lyon, los puestos eran muy diferentes entre sí: los había muy grandes, con mucha variedad de productos, y otros diminutos, apenas una mesa en la que se vendían dos o tres cositas. Yo prefiero estos últimos porque, si bien no son tan impresionantes, suelen ser los que regentan los pequeños productores que ofrecen directamente su producto. Con esta idea, y persiguiendo a las señoras portuguesas elegí el sitio donde comprar algo de queso, embutido y mermelada.
Para los que estén a dieta o prefieran la decoración, al otro lado se juntaban puestos y puestos de cacharritos para la cocina (o, si eres bloguero, para que tus platos luzcan tan bonitos en las fotos como los de Jamie Oliver en esas preciosas vajillas viejas):
O para llenar tu cocina de moldes viejos de cobre y convertirla en la cocina de Downton Abbey:
O para tomar el té como si fueras la condesa de Grantham:
Después del mercado, tocaba dar un breve paseo para hacer hambre y buscar un buen sitio para comer, por ejemplo, una sopa de tomate y un plato de cabrito o de conejo guisado acompañado de un vino de Borba (nota mental: la próxima vez pedir menos comida, o pedir medias raciones):
(¿Todavía hay alguien que duda si merece la pena ir a Portugal?)