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miércoles, 13 de noviembre de 2013

Mármol, vino y comida (mucha comida)

Esta primera foto trae pistas, para quien conozca la zona: suelo de mármol, vino tinto en un vaso de Nicola, una casita con zócalo pintado de azul... 
¡Sí! Estamos en el Alentejo. Para ser más exactos entre Estremoz y Borba, una zona conocida por su vino y por sus canteras de mármol. Lo que no sabía hasta hace poco es que en Estremoz se celebraba cada sábado un mercadillo de antigüedades y productos agrícolas; me lo descubrió un taxista de Badajoz y desde entonces tenía ganas de ir, pero ha resultado mejor de lo que esperaba. Desde el viaje a Lyon tenía mucha envidia de los mercadillos callejeros de allá, ahora sé que tengo uno al otro lado de la frontera. 
Por supuesto, había mucha verdura y fruta, y muchos productos curiosos o que no son tan comunes en mercados españoles: por ejemplo, aceitunas en crudo o aliñadas de varios modos (y, abajo a la izquierda, altramuces - tremoços - la tapita obligada para la cerveza en muchos sitios de Portugal):
Frutos secos de otoño (castañas, avellanas...) a muy buen precio, ¡y hasta bellotas! Justo al lado, manojos de poejos (poleo) que en el Alentejo se utilizan para las açordas y otras sopas:
Calabazas, muchas calabazas, incluyendo las del cabello de ángel:
Preciosas manzanas... (como dijo M.A. viendo el cajón repleto de la foto, quién fuera burro):
Y para los de las huertas, plantones y semillas. Una de las cosas que más me ha sorprendido siempre del otro lado de la Raya son los huertos, no sé cómo puede ser que estando justo al lado, aparentemente con el mismo clima y todo, consiguen esos huertos tan frondosos y verdes que parecen gallegos, pero es así; en cada trocito libre, casi al lado de cada casa aparecen esas pequeñas plantaciones de coles apretadas que a mí siempre me han dado mucha envidia.
Y para los que no quieren tanto verde, carnuza: toooda clase de embutidos y chacinas. Yo no soy especialmente aficionada a estas cosas, quizás más desde que vivo con el mozo y me he acostumbrado a tenerlas en casa, pero he de reconocer que me costó elegir qué traer (lo mismo pasó con el quesito).
Había otras cosas que no están en las fotos: plantas aromáticas de lo más singular, conservas, caza, y también animales vivos, que es quizás lo que más lo diferencia de cualquier mercado que se pueda ver a este lado de la frontera. Como pasaba en Lyon, los puestos eran muy diferentes entre sí: los había muy grandes, con mucha variedad de productos, y otros diminutos, apenas una mesa en la que se vendían dos o tres cositas. Yo prefiero estos últimos porque, si bien no son tan impresionantes, suelen ser los que regentan los pequeños productores que ofrecen directamente su producto. Con esta idea, y persiguiendo a las señoras portuguesas elegí el sitio donde comprar algo de queso, embutido y mermelada.
Para los que estén a dieta o prefieran la decoración, al otro lado se juntaban puestos y puestos de cacharritos para la cocina (o, si eres bloguero, para que tus platos luzcan tan bonitos en las fotos como los de Jamie Oliver en esas preciosas vajillas viejas):
O para llenar tu cocina de moldes viejos de cobre y convertirla en la cocina de Downton Abbey:
O para tomar el té como si fueras la condesa de Grantham:
Después del mercado, tocaba dar un breve paseo para hacer hambre y buscar un buen sitio para comer, por ejemplo, una sopa de tomate y un plato de cabrito o de conejo guisado acompañado de un vino de Borba (nota mental: la próxima vez pedir menos comida, o pedir medias raciones):
(¿Todavía hay alguien que duda si merece la pena ir a Portugal?)

lunes, 21 de octubre de 2013

Vitaminas para el otoño

La semana que viene llega el horario de invierno y yo ya cuento los días que faltan para que vuelva el de verano; pocas cosas me cambian más el ánimo que ver cómo se acortan poco a poco las tardes. Por eso, y por muchas otras razones, M.A. y yo nos hemos propuesto - con poco éxito por ahora - intentar llevar un horario más a la "europea", adelantando un poco las horas de las comidas y aprovechando algo más el día. Ésta es una ensalada perfecta para una de estas comidas tempranas: es fácil, está rica y cargada de vitaminas.
Para 2 personas se necesitan:
-1 o 2 piezas de remolacha, según el tamaño
-2 zanahorias
-1 buen puñado de judías verdes
-1 conserva de pescado azul (caballa, sardinas, arenques... en este caso sardinas en escabeche)
-agua, sal, aceite y pimienta
La remolacha se puede comprar ya cocida; en mi caso la compré fresca y la cocí en casa, entera, hasta que estuvo tierna (algo más de media hora). Si viene con hojas se pueden aprovechar. Se cuecen aparte, enteras, las zanahorias (unos 12 minutos aproximadamente) y las judías (unos 8-10 minutos o al gusto), poniéndolas en agua muy fría al sacarlas del agua para que conserven el color. También se pueden hacer al vapor.
Se corta la verdura en bastones o trozos pequeños y se sirve templada; puede ser mezclando todos los ingredientes o, si no queremos que la remolacha manche las otras verduras, ir haciendo capas poniendo por último el pescado (a mí me ha quedado un poco fea, pero con un aro de emplatar o un poco más de gracia seguro que queda estupenda). Se aliña con sal, aceite y pimienta o se prepara una vinagreta.
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Como decía antes, no consigo acostumbrarme a los días cortos y a la falta de luz; sin embargo hay una cosa que quizás me pasa porque me estoy haciendo mayor, o por alguna otra razón, y es que cada vez agradezco más que vuelva el frío; puede que sea porque éste último verano ha venido con un calor criminal y quería que pasara, porque nunca me ha entusiasmado la playa ni la piscina y no las echo especialmente de menos (soy de secano, qué le vamos a hacer) o simplemente porque me gusta lo de dormir con edredón.
O puede que sea porque ya puedes comer cocido, o merendar unas migas con chocolate... O porque desde que voy a correr (o ahora que estoy empezando a usar la bici) aprecio mucho más los días fresquitos, en los que además ya puedes encender el horno y volver a hacer pan, o magdalenas, sin morir en el intento. También, ir a caminar a la sierra, entre encinas, jaras y enebros:

 ... a ver las enormes y preciosas formaciones de granito (pinchad en la foto si la queréis ver más grande), a buscar y fotografiar setas para aprender poco a poco a distinguirlas...

... o a sorprenderte con las formas y colores de plantas que nunca hubieras imaginado que se crían en sitios tan cercanos a tu casa (después de mucho buscar, supe que se trataba de una peonía). 
Ya lo he dicho otras veces, no hace falta viajar al trópico para encontrar cosas increíbles... sólo hay que saber mirar y, claro, ser capaz de interesarse por estas pequeñas cosas. Y darse cuenta de que, por muy acostumbrada que estés a la dehesa o por muy común o familiar que te resulte este paisaje, es algo realmente único, diferente, y lleno de sorpresas. Como decía, desde luego cada vez me gustan más los días grises.

martes, 3 de septiembre de 2013

Cozinha portuguesa

Como casi todos los años, los últimos días de agosto para mi familia significan... Portugal.
Quien me conozca o lea el blog sabe que voy con bastante frecuencia desde que soy pequeña. A pesar de ello, cada año me sigue sorprendiendo su cocina: a veces probando los platos de siempre, como el arroz de marisco...
 ... o el bacalao, esta vez con broa, grelos y patatas a murro (y bien de aceite):
También descubriendo recetas nuevas. Este año, no sé por qué, nos ha dado por el pulpo, y de éste han sido dos de los platos más ricos que hemos probado durante estos días: la cataplana de pulpo con batatas:
Y el pulpo à Bulhão Pato (con ajo, aceite y mucho cilantro, que es la forma más frecuente de preparar las almejas por allí):
También este año innovamos un poco con los postres y dulces y probamos algunas de las cientos de recetas dulces de huevo que tienen los portugueses, como los quindins (dulce brasileño que también se come en Portugal), la encharcada...
 ... o la torta de laranja:
Para completar, playa, piscina y bicicleta, bastante paseo y alguna visita. En mi último viaje a Lisboa había visto, en un mercadillo de libros de segunda mano, una vieja edición (de 1986) de libro de cocina portuguesa que me había encantado, pero dudé si comprarlo; no me olvidé de él, y al buscar más información por internet me estuve tirando de los pelos por no haberlo hecho y cruzaba los dedos para que estuviera cuando volviera: tuve mucha suerte:
El libro se llama Cozinha Tradicional Portuguesa, y está escrito por Maria de Lourdes Modesto, quien fuera presentadora de un recordado programa de cocina en la televisión lusa y que más tarde recopiló cientos de recetas portuguesas en este libro, al que muchos consideran el libro de referencia de la cocina tradicional del país. 
Están agrupadas por zonas, y a mí, además de parecerme precioso, me ha enseñado a vincular las recetas que conozco con cada región portuguesa. Están todos esos platos que siempre me he preguntado cómo hacer (algunos no están en internet), muchos que no conocía, y algunos muy familiares (como las empadas de galinha alentejanas):
Ya sé que no todo el mundo comparte este interés por la cocina portuguesa (M.A. la aprecia, pero no tanto como yo) y hay mucha gente que la encuentra demasiado tosca, pesada o simplona. A mí sin embargo me parece una cocina muy diferente, auténtica y con un vínculo especial con sus raíces, incluso cuando se actualizan, aunque en algunos sitios turísticos empiecen a verse tonterías, reducciones de vinagre y chorradas así. 
Yo cruzo los dedos para que en este proceso de modernización no se pierdan muchos de los platos que aún perduran en los menús, las sopas, las açordas, los pescados con sus sencillas elaboraciones y las ricas guarniciones, o sus contundentes postres de huevo. Hasta mi próximo viaje me dedicaré a leer y quizás a experimentar con mi nuevo libro, un gran recuerdo de las vacaciones. 

lunes, 29 de julio de 2013

Fin de un julio viajero

Es fácil adivinar dónde he estado...
Como se ve en el blog, últimamente viajo más que cocino; siempre viajes breves, pero suficientes para desconectar unos días y volver con ganas a la rutina. De nuevo hemos estado en Castellón (ya conté algún viaje anterior en el blog) y, además de la paella de marisco, hemos probado otras muchas cosas: M.A. no se iría de allí sin pedir algún día una sepia a la plancha con all i oli:
La acompañamos con sardinas en escabeche:
... y con un plato que ninguno de los dos conocía y que nos encantó, la titaina (un plato de Valencia que se prepara con tomate, pimientos, piñones y atún en salazón)
De postre, helados (no fueron los únicos que cayeron esos días):
Y para casa, un paquetito de pastissets de boniato y de requesón (de la pastelería Pilar, en Alcossebre, donde también compramos unas cocas saladas con pipas):
No hay foto de los estupendos mejillones de la zona, que estaban en plena temporada y pedimos más de un día, ni del esgarraet, la leche merengada y otras cosas ricas, pero como se ve es una zona estupenda para darse un pequeño homenaje (mucho más si además cuando comes en casa te esperan los platos de la madre de M.A. :)
Pero como no todo es comer, también fuimos a caminar por el parque natural de la Sierra de Irta, al lado de Alcossebre, con un paisaje precioso de bosque mediterráneo con pinos, romero, palmitos, enebros y matorral que asoma al mar. Da un poco de esperanza ver que el estúpido urbanismo descontrolado de este país, que sigue sin regularse apropiadamente, no ha conseguido destrozar del todo el litoral levantino y todavía se conservan parajes así, aunque sea excepcional e incluso en él se note mucho la presencia humana. Me sigue sorprendiendo mucho el paisaje levantino, tanto el natural como el construido y cómo se conectan y a veces hasta se confunden, quizás acostumbrada a las grandes extensiones despobladas que hay en Extremadura que atravieso cada vez que voy a Badajoz.
Volviendo a la Sierra de Irta, ese día hacía un calor húmedo espantoso así que atravesamos una parte con el coche y para caminar escogimos una ruta muy corta y llana cercana a la costa, pero con algunos grados menos debe ser un lugar fantástico para hacer senderismo por las zonas más altas y boscosas del parque.
A la vuelta de la excursión me llamaron la atención en varios barbechos lo que yo creí que eran unos enormes cardos, que no recordaba haber visto antes en el campo ni en libros de hierbas silvestres: al parar y acercarme descubrí con sorpresa que eran... ¡alcachofas! Las poquitas que habían quedado en las plantas (no sé si las dejan para que echen semilla o qué) se habían abierto, y se apreciaba más que nunca que son, literalmente, cardos grandes.
En cuanto a los mercados... esta vez no pasamos por el de Castellón, aunque sí visitamos algunas fruterías para traer verduras. No encontramos berenjenas blancas, pero sí nos trajimos estas preciosas berenjenas rayadas (ojo a la forma de la tercera) que seguramente usaré para hacer una escalivada, además de quesos, un montón de tomates, melocotones de Calanda y judías "Buenos Aires" de vainas rojas, que prepararé en los próximos días. 
Se acaba julio y se acabó este pequeño viaje, pero si se tiene la nevera llena de estas cosas ricas y la cabeza llena de buenos recuerdos cada día se pueden saborear de nuevo las vacaciones, en cada comida y en cada siesta :)

martes, 16 de julio de 2013

Ser dominguero de vez en cuando sienta muy bien

Pues eso: por una vez, coger el coche y pasar el día recorriendo carreteras poco transitadas. Parar de vez en cuando para mirar el paisaje...
Sentirte a ratos como en una road-movie americana (podría ser Texas... pero es Guadalajara):
Ir parando en los pueblos de arquitectura negra, y elegir uno de ellos para comer, por ejemplo, un buen plato de conejo con tomate (o migas, o escabeches...):
La batería del móvil duró justo hasta la comida, y no llegó para llevarnos alguna imagen de las preciosas casas de pizarra ni de las mejores vistas de las carreteras de montaña, aunque por esta vez me alegré: mucho mejor ir disfrutando el viaje que ir pendiente de retratarlo. 

miércoles, 3 de julio de 2013

Cosas por las que volver una y otra vez a Lisboa

Mientras estuve viviendo en Lisboa siempre fantaseaba con mi amiga L. sobre vivir en un bonito edificio con fachada de azulejos azules. 12 años después, por fin nos hemos permitido este lujo, aunque sólo haya sido durante 4 días.
Como diría M.A., ha sido un viaje de amigotas. Como las tres habíamos estado ya allí varias veces hemos dejado de lado las visitas turísticas (ni siquiera hemos ido a comer pasteles a Belém...) y nos hemos dedicado a pasear tranquilamente por la ciudad, comprobando los últimos cambios, conociendo nuevos cafés y restaurantes, o curioseando los siempre abarrotados escaparates de las pastelarias...
Un par de días de playa...
Y mucho relax. Visitando algunas de las tiendas de las que tanto habíamos oído hablar:
Y comprobando allí que, además de latas, los portugueses editan unos libros preciosos:
También fuimos a sentarnos un rato bajo mi sombra favorita de Lisboa...
Y a conocer, a pocos metros de allí, el Mercado Biológico de Príncipe Real, que una vez más me ha hecho preguntarme qué hemos hecho los pobres madrileños para no tener aún uno de éstos:
Había verduras, toda clase de hierbas (¡verdolaga!, o, como ellos dicen, beldroega), fresas y otras frutas (que compramos, lavamos en una fuente y comimos allí mismo):
Amoras (¿no es un nombre precioso?)...
Hinojo (funcho) y apionabo o, como dicen ellos, apio bola:
Patatas de varias clases (qué envidia):
Y cidra (chila), la calabaza con la que se hace cabello de ángel y que yo nunca he visto vender en España. Recuerdo haber comido de pequeña yogures de chila en Portugal, hasta mucho tiempo después no supe qué era:
Como ya dije compramos algunas frutas y yo además traje unas piezas de apionabo para que las probase mi hermana; aunque lo mejor que encontré fue esto, unos deliciosos panecillos de calabaza y anís que me están alegrando los desayunos desde que volví:
Cuando planeábamos el viaje ya previne a mis amigas, diciéndoles que había más de una panadería que quería conocer. Finalmente sólo visitamos una nueva, Tartine (sí, le han copiado el nombre a Chad Robertson, es un poco pretencioso de su parte); el aspecto de boutique, los elevadísimos precios y la desmesurada antipatía de algunas de sus dependientas no ayudaron mucho a crear una buena impresión, pero a cambio he de reconocer que el pan que nosotros probamos estaba muy, muy bueno y que el desayuno allí resultó muy agradable. A la vuelta pasamos de nuevo y me traje una baguette con semillas de amapola, la que más nos gustó.
Así que después de mi llegada he tenido en casa este bonito bodegón (ay, qué poco ha durado..):
Hubo muchas más comidas, cafés, tiendas, paseos, helados y pasteles... que no fotografié, pero sí quería hablar de la impresión con la que volví, sobre la enorme cantidad de nuevos sitios, tiendas, restaurantes... que encuentro cada vez que vuelvo a Lisboa. Lamentablemente, muchos sustituyen a otros que cerraron poco después de conocerlos yo... en esto me recuerda a lo que pasa en mi barrio de Madrid. 
Aunque algunos están orientados al turista y se inspiran en modelos extranjeros, muchos otros de estos locales son lugares especiales, posibles sólo allí, y ponen de manifiesto el valor que los portugueses reconocen a sus propios productos y cómo en tiempos tan difíciles - nuestra visita coincidió con la huelga general - ellos están respondiendo con un gran derroche de creatividad y con  voluntad de afianzar su identidad y de valorar todo lo bueno que tienen. Ya sé que mi opinión no es objetiva, pero desde luego a mí me pareció inspirador, y como siempre me fui con la promesa de volver muy pronto, y con ganas de animar a lo que aún no hayan ido.