A estas alturas, cualquiera que haya pasado un par de veces por el blog ya sabe que soy muy golosa; lo cual, en mi caso y por ahora, no es ningún problema: después de una infancia y adolescencia de gordita gafotas ya me harté y se me pasaron todos los complejos, así que ahora en vez de dejar de comer prefiero mover más el culo, sea andar, correr, bailar o irme a pasear al monte, que es mucho más divertido que hacer una dieta de moda que te deja tan deprimida como flaca a base de tanto salvado de avena. Puaj :).
A lo que iba es que, para ser tan golosa, hasta hace bien poco no me ha entusiasmado la miel, y tampoco me importaba demasiado de qué era o de dónde venía. Sin embargo últimamente me estoy aficionando mucho y descubriendo lo distintas que son según las flores y la procedencia. Entre otras cosas, gracias a los viajes y a los regalos de los amigos: en la foto de arriba, miel de romero de Castellón, suave, pálida y cristalizada, y una miel que nos trajeron unos amigos de Portugal - no sé de qué - oscura, y muy aromática. Otras veces me traigo una tarra enorme de miel de frutales de Badajoz, o nos regalan un tarrito de miel de brezo... todas distintas, lo mejor es probarlas a la vez y notar las diferencias.
Otra cosa de la que me he dado cuenta últimamente es de la cantidad de miel que se vende aquí que viene de fuera (como los espárragos, las legumbres y tantas otras cosas... leed atentamente las etiquetas y veréis): por una vez tampoco pasa nada, pero igual que no se me ocurre comprar - por ejemplo - aceite de oliva extranjero, también prefiero que la miel y las otras cosas sean de aquí en la medida de lo posible.
¿Y el pan? Bueno, no es nada especial, y al mismo tiempo sí: el otro día cometí un error de novata y no guardé un poco de masa madre después de hacer los panes de la semana, así que tuve que empezar otra, aunque con una pequeña trampa: tenía un poquito de masa madre seca por si las moscas, y me sirvió para arrancar esta nueva.
Éste es el primer pan que hago con ella, y es de lo más simple: pan de kilo, 100% harina blanca de los Pisones, masa madre, agua y sal. Varios pliegues, muuucho tiempo de fermentación (casi 24 horas, toda la noche en la terraza al fresco madrileño) y un horneado también prolongado. Me daba miedo que quedara ácido, y como no había crecido mucho desconfiaba del resultado, pero es de los mejores panes que he hecho últimamente.
¿Aún no os habéis animado a hacer pan? Probad, merece la pena. ¡Pero de verdad!