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jueves, 11 de diciembre de 2014

Arroz con leche en puchero de barro

Arroz con leche estilo abuela, pero de verdad; me ha faltado la cocina de leña, pero eso lo dejo para otro momento.
No tengo una receta canónica, exacta e infalible de arroz con leche, ya me gustaría; además depende mucho del gusto de cada uno, la textura que espera... pero después de prepararlo varias veces, con varios tipos de arroz, en diferentes cocinas, hay cosas que son fijas: un buen arroz con leche necesita muuucho tiempo y muuucho líquido, para que el arroz tenga tiempo de cocinarse y abrirse completamente sin quedar duro ni dejar la leche como un engrudo, hay que tener paciencia para remover sin parar y el azúcar se ha de añadir al final. El resto... se aprende cocinando, no hay fórmula.
A mí me gusta más bien caldosito, como lo hacía mi abuela, y para eso hay dos posibilidades: cocer primero unos minutos el arroz en agua, pasarlo después a la leche ya caliente con las especias y terminarlo ahí (es lo que ella hacía y lo que propone, por ejemplo, Simone Ortega en 1080 Recetas de cocina), o bien empezar directamente a cocerlo en leche y subir la proporción de ésta respecto al arroz. Yo prefiero normalmente la primera forma, aunque alargo bastante la cantidad de leche y el tiempo de cocción respecto a lo del libro mencionado. Esta vez, sin embargo, ya que iba a poner a prueba el puchero y quería una cocción larga, opté por la segunda, empezando a cocinar directamente el arroz en leche. La receta quedaría más o menos así (la primera manera sería parecida, pero con algo menos de leche):
-1,2 litros de leche entera, aprox.
-90-100 g de arroz de grano redondo
-80-100 g de azúcar (depende del gusto, yo prefiero poner poco)
-1 palo de canela
-1 corteza de limón sin la parte blanca
-1 pizquita de nada de sal (opcional)
Se pone a calentar la leche con la canela y el limón, en un recipiente de fondo grueso; cuando empieza a cocer se echa el arroz y la sal y se deja hacer a fuego bajo, removiendo constantemente, unos 45-50 minutos o hasta que el arroz esté bien hecho y coja el punto que queremos, teniendo en cuenta que al enfriar espesará mucho más. Se añade el azúcar, se remueve otros 5 minutos y se vuelca en un recipiente (o en varios cuencos) para dejar enfriar. Se deja reposar. 
Hay quien añade otros aromatizantes (clavo, cáscara de naranja, anís...), quien pone mantequilla, quien requema la superficie con azúcar, y hasta quien echa yema de huevo, como en Portugal, donde lo hacen espeso y contundente. Todas buenas; yo prefiero la más sencilla, que es la que me sabe a mi abuelita.
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En cuanto al puchero, como ya he contado alguna vez, estuve mucho tiempo pensando en comprar una cocotte de hierro; antes de que mi hermana me la regalase por fin, decidí comprar un puchero de barro; al fin y al cabo lo que quería era un cacharro pesado y con mucho fondo y masa para hacer guisotes a fuego lento. Hasta ahora no he encontrado el momento ideal para usarlo, y ya llegó. ¿No es bonito?
Lo compré en mayo, en la Feria de la Cacharrería que se celebra cada año en la plaza de las Comendadoras de Madrid. Me hubiera llevado media feria, al final me contuve y compré el puchero en un puesto de Salvatierra de los Barros (por aquello de hacer gasto a la tierra de una, y porque me parecieron de los más bonitos y finos) y un plato muy sencillo; en total no me gasté más de 20 euros. Me preocupaba poder usarlo en mi vieja cocina eléctrica, pero en varios puestos del mercado me aseguraron que no había problema siempre que lo usara con potencia moderada.
Había pensado esperar a que pasara el verano y así estrenarlo con un guisote o un potaje; por unas cosas o por otras, desde que llegó el frío no encontraba el momento, cuando me ponía a hacer el guiso siempre se me olvidaba que antes de usarlo por primera vez hay que curar el puchero: esto es, dejarlo en remojo durante una noche entera y luego dejarlo secar, antes de meterlo por primera vez en el horno o en el fuego. Así lo recomienda, por ejemplo, un alfarero de Pereruela en este vídeo
Al final el día que lo curé lo que me apetecía era hacer arroz con leche y no me pareció mala idea. Empecé poniéndolo sobre el fuego apagado con la leche fría y en ese momento lo encendí, primero flojo y después subiendo un poco, dejando que se calentara lentamente; tardó mucho, entre otras cosas porque aún tenía bastante humedad en el barro. El resto... fue paciencia y remover mucho. Como le decía a mi hermana, no es un cacharro pensado para los apasionados de la olla exprés o a los que les preocupa el gasto eléctrico, porque es verdad que tarda en coger calor y la cocción se prolonga mucho. Yo misma no creo que lo use con demasiada frecuencia, porque normalmente hago poca cantidad y no merecería la pena, pero debe ser ideal para el cocido o ciertos guisos de carne. Ya lo contaré.
Lo próximo será también probarlo en el horno. Si le cojo el gusto, quizás el año que viene vaya a por una de las ollas bajitas, para arroces. Aunque con gusto me los llevaría todos.

jueves, 1 de mayo de 2014

Fresas con leche (casi como en el verano de mi infancia)

Obviamente no escribo esto para colgar la receta de las fresas con leche; sólo se trata de mezclar fresas, leche y azúcar. Lo difícil, claro, es que sepan como las que hacía la abuela en verano, en La Antilla (Huelva), con fresas de la zona que se quedaban enfriando en la nevera hasta que la leche se empapaba completamente de su color y sabor; ya se sabe que es prácticamente imposible replicar los sabores que se recuerdan de la infancia.
Sin embargo las de hoy me han recordado un poquito. La gran diferencia es que las fresas estén en el punto exacto de madurez; el resto lo hace un poco de reposo. Se pueden hacer muchas cosas con las fresas, pero yo creo que si son buenas la preparación más sencilla es la mejor, como pasa con un buen tomate.
Lo bueno de tener fresas en el huerto es que te puedes permitir cogerlas en el momento perfecto, ya dije que sólo por ellas ya merece la pena tenerlo. La verdad es que a mí me gustan cuando están casi al borde de pasarse, y sobre todo comerlas recién cogidas y todavía templadas de haber estado al sol: habrá quien no se lo crea, pero a mí me parece que un par de horas después ya no saben igual. 
El color da la pista para saber las que ya están en su punto: las tres de la foto son preciosas, pero la de abajo es la más rica. Están mejor cuando ya no hay blanco alrededor de las hojitas, el rojo se hace más oscuro y las semillas ennegrecen; al cortarlas o morderlas ya no están del todo tersas, han empezado a ablandarse ligeramente. Ese es el momento preciso. 
A veces las dejas para esperar que cojan el punto, y al día siguiente esas fresas ya han recibido algún mordisco de los bichitos que hay en el huerto, que eligen precisamente ésas; no puedes enfadarte, hay que comprender que quieran compartir algo así.

jueves, 22 de agosto de 2013

Pasta con tomate y albóndigas (casi como cuando era pequeña)

Casi, pero no. Cuando era pequeña e íbamos de vacaciones a Portugal (año tras año al mismo sitio), a veces cenábamos en una bolera: no una bolera como la que se imagina uno, enorme, ruidosa, un poco hortera, a la americana: ésta era pequeña, adosada a un restaurante sencillo que atendía un camarero portugués delgado, canoso y elegante que siempre nos traía nuestro plato de spaghetti y albóndigas con una sonrisa, nos hacía alguna broma y cruzaba algunas palabras con mis padres. Llevaba una chapita con su apellido, Faria (así le llamaba mi padre); le recuerdo con mucho cariño, y a menudo me pregunto qué habrá sido de él.
Más tarde la bolera cerró, nos hicimos mayores, Faria se jubilaría y ya no supimos más de él. Yo he estado mucho tiempo sin acordarme de estas cenas, hasta que en alguna serie americana (seguramente, en Los Soprano) vi un plato de pasta con albóndigas, la recordé y me dieron unas ganas locas de prepararla en casa.
No es el plato de mi infancia: aquellos eran spaghetti cocidos (seguramente demasiado) con tres enormes albóndigas encima y un poco de salsa, muy poca, de modo que yo normalmente acababa echando algo de ketchup (los niños no tenemos ni idea de lo que hacemos...), pero como una tiene derecho a idealizar las cosas de su infancia, en mi recuerdo son algo delicioso.
Mi versión es algo más elaborada: la salsa es una salsa de tomate casera, muy espesa, hecha para gastar los tomates del huerto que no nos daba tiempo a consumir en ensalada o gazpacho; las albóndigas son pequeñitas. La pasta deberían ser spaghetti pero en casa la que había era ésta, así que es la que he puesto; tampoco le va mal. Para 2 raciones (de plato único) se necesitan:

-160-200 g de pasta, según el apetito de los comensales
-200 g. de carne picada (ternera o mezcla, también se puede añadir carne de salchicha)
-1 vaso de salsa de tomate, mejor casera, o de tomate triturado
-1 chorrito de vino blanco
-1 tacita de caldo, o agua en su defecto
-los extras que queramos añadir a las albóndigas: ajo, perejil, miga de pan, huevo...
-los extras que queramos añadir a la salsa: ajo, cebolla, albahaca...
-sal, aceite, pimienta
Como veis soy muy imprecisa, pero es el tipo de receta que uno prepara con lo que hay; cuantas más cositas se pongan mejor, pero se puede hacer con lo básico. Yo no he añadido cebolla ni nada a la salsa porque estaba muy rica tal cual, sólo he aprovechado los restos de un guiso de carne y se los he añadido al final.
Se prepara la masa de las albóndigas con lo que queramos añadir y se hacen bolitas del tamaño deseado. Se fríen en aceite, dorándolas bien por todos los lados, y se añade el vino. Se deja evaporar, y se echa entonces la salsa de tomate y el caldo (o el agua); se deja a fuego medio-bajo, hasta que la salsa vuelva a espesar y las albóndigas se hayan quedado tiernas. Si queremos poner cebolla, sacaríamos las albóndigas, doraríamos la cebolla, y después pondríamos la salsa, el caldo y de nuevo la carne.
Se cuece la pasta y se sirve con unas generosas cucharadas de salsa, las albóndigas y, si queremos, queso rallado.
El truco de hoy es, como ya dije, una salsa de tomate muy rica, una especie de passata de tomate que hice hace ya algunos días con el excedente de tomates del huerto. Estuvo cociendo a fuego lento durante horas, casi sin aceite y sin añadir nada más que sal y una pizca insignificante de azúcar; los tomates eran tan dulces que no les hacía falta nada más, la pena es que redujo tanto que después de pasar una tarde lavando, pelando y cortando tomates daba risa ver lo poquito que salió, pero el sabor hace que merezca la pena. 
Éstos fueron; el huerto, con la temperatura que está haciendo este verano en Badajoz, está totalmente abandonado, parece el Amazonas; por eso sorprende tanto que sin hacerle caso cada vez que vamos nos regale una bolsa como ésta, no quiero ni imaginar lo que sería si lo estuviéramos cuidando como es debido. No sé la variedad del tomate (nos regalaron los plantones), parecen bastante corrientes pero están estupendos, posiblemente no tanto por el tipo como por el hecho de cogerse cuando ya están totalmente maduros; una de las pocas cosas que atenúan mi deseo de que vuelva el frío.

miércoles, 13 de junio de 2012

Broa de milho para el día de San Antonio

Lo mejor es comerla con sardinas, que es como se comerá hoy en las fiestas de Lisboa, pero con mantequilla y sal no está nada mal:
Me voy acercando aún más a la broa perfecta, aunque aún me queda. Llevaba, aproximadamente:

-300 g. harina de maíz (portuguesa, marca Espiga)
-150 g. de trigo
-40 g. de centeno
-100 g. de masa vieja (aproximadamente 60 harina/40 agua)
-unos 14 g. de sal
-1 pellizco de levadura fresca (ni 2 g.)
-agua, la que admita (depende de la harina)

Esta vez no escaldé la harina de maíz. Junté todos los ingredientes, añadiendo agua suficiente hasta formar una masa manejable. Amasé someramente y dejé levar en un bol hasta que dobló el tamaño, o un poco más. Precalenté el horno al tope y dí forma al pan; para ello usé una técnica parecida a la que se usa tradicionalmente en Portugal, volteando la masa en un recipiente con harina (yo usé un banetón redondo). Volcamos la bola sobre la bandeja del horno y se hornea durante cerca de una hora, bajando el horno 10 minutos después de meter el pan y esperando hasta que se dore bien la corteza.
Ya digo que sigue sin ser exactamente lo que yo quiero, pero se acerca mucho, sobre todo en el sabor, está muy rica (creo que el centeno le va muy bien). Quizá hacerla de mayor tamaño ayuda a conseguir un pan menos frágil, aunque la broa siempre es un pan que se desmorona con facilidad.
Pero aquí no se tira nada: al abrirla se han ido cayendo migas y trocitos de corteza, pero las he guardado y  quedan ahí para un montón de platos deliciosos: para gratinados, para sopas... 
Ha sido casualidad que haya hecho para hoy la broa, pero es una feliz coincidencia que sea en el día del patrón de Lisboa. Me siento muy afortunada por haber vivido allí, aunque sea sólo un año: poca gente puede decir que se siente como en casa en tres ciudades diferentes, y poder pasar en cada una de ellas un tiempo cada año. 
Las fiestas de San Antonio forman parte de uno de mis recuerdos más queridos, porque fueron muy divertidas pero sobre todo porque estuve con una amiga muy especial con la que compartimos toda clase planes de lo más curioso mientras vivimos allí (conciertos, fiestas, descubrimientos, encuentros y hasta una eterna maratón fotográfica de 24 horas llena de anécdotas, siempre con Lisboa de acompañante). Así que como homenaje aquí os dejo un vídeo de una de mis canciones portuguesas favoritas (no es un fado típico, ni es tampoco muy festivo, pero es tan bonita...):

También para mi sobrina E., que cumplió ayer 5 añitos! Voy preparando la casa y cosas ricas para vuestra visita este fin de semana!

miércoles, 9 de febrero de 2011

Broa de milho (pan portugués de maíz)

Este pan lo como desde que soy muy pequeña, en mis vacaciones en Portugal, en rebanadas finitas, con esa miga amarilla y apretada cubierta de mantequilla salada: es uno de los sabores de mi infancia. Cuando eres pequeño no tienes el gusto tan viciado, y no cuesta tanto apreciar un sabor o una textura distintos a los que estás acostumbrado.
La receta que pongo hoy se podría clasificar como "en proceso": está muy rica, y cada vez se parece más al "de verdad", pero siempre con cosas que mejorar la próxima vez.
La broa de milho tiene muchas variantes: básicamente es un pan hecho con un elevado porcentaje de harina de maíz combinada con trigo y/o centeno, o incluso sólo con maíz. La preparación es sencilla, con un único levado, pero tiene sus trucos. Pongo aquí la receta que he seguido yo (50% maíz y 50% trigo), y después comento las variantes. Para 1 hogaza mediana o 2 pequeñas:
-200 gr. de harina de maíz amarilla (después lo explico)
-100 gr. de masa madre de trigo, o de prefermento
-150 gr. de harina de trigo
-8-10 gr. de sal
-aproximadamente 320-340 gr. de agua (depende de las harinas)
Se pone la harina de maíz en un recipiente resistente al calor y se escalda con (aproximadamente) unos 275-300 gr. de agua hirviendo: se añade poco a poco, hasta que forme una masa maleable (no blanda, o después será imposible amasar). Cuando se ha enfriado mezclamos por otra parte la masa madre, la harina, la sal y un poco más de agua y juntamos con la masa de maíz. Es una masa arenosa, que al principio se deshace con facilidad: podemos amasarla un ratito de seguido o, si lo preferimos, dejarla en el bol y con ayuda de una espátula ir haciendo plegados continuos, hasta que coja un poco más de consistencia y elasticidad, que se pueda formar una bola, aunque nunca va a quedar como una masa de trigo. Entonces se bolea, se enharina, se deja en un bol tapado y se deja levar unas 3-4 horas o hasta que haya doblado de tamaño (se agrietará un poco la superficie). Encendemos el horno a unos 220º, damos forma (dividimos si queremos) y ponemos en la bandeja del horno, sin greñar. Cuando el horno está caliente metemos el pan y dejamos unos 10 minutos a 220º y después otros 40 a 50 minutos (o incluso más, depende del tamaño de las hogazas) bajando hasta 180-200º. Se deja enfriar antes de comer, mejor incluso si se espera un día.
Es una de esas recetas que requiere un poco de ojo con las texturas y los tiempos: para pillar el punto a la masa, y para el horneado. Este pan tiene que quedar con una miga muy apretada, casi con la apariencia de un bizcocho, pero tierna (se deshace con facilidad, ver la foto, no es un mordisco, es que se rompió) y una corteza bastante gruesa y un poco dura. Para eso necesita tiempos prolongados de cocción, que es lo que me ha faltado esta vez a mí, le hubiera venido bien perder algo más de humedad interior y hacer más corteza. Con todo, tiene un sabor estupendo.
Me queda por probar también aumentando la cantidad de maíz, y poniendo también centeno, creo que saldrá un pan muy rico.
Lo otro es el tema de las harinas: hay varios tipos de harina de maíz, y cada una sirve para una cosa. Los portugueses distinguen entre harinas de maíz amarilla y blanca, y hay recetas con ambas. La broa, o al menos la que a mí me gusta, es de harina amarilla, parecida a la que se usa para la polenta: es un poquito más basta y granulosa, y esa textura se nota después en el pan. Yo he usado una harina gallega ecológica. La blanca (en la foto, de El Granero Integral) se parece más a la maicena, y también se puede hacer pan, pero parece más apropiada para otros usos (también la probé para pan, pero no me convenció el sabor).

En Internet hay muchas recetas e información sobre la broa y otros panes de maíz portugueses. Dejo aquí un par de links que me han resultado especialmente útiles:

A broa de milho da terra à nossa mesa (cultivo del cereal y preparación del pan)

Receta de broa en Vai uma Fatia? (para ver el proceso)

jueves, 29 de julio de 2010

Un tomate (EL tomate)

Nada más, pero nada menos: este fin de semana pasado estuve en Badajoz, fui al campo y, como el año pasado, traje fruta (algunas cogidas del árbol por la menda) y un tomate:
Es uno de esos tomates que, seguramente, no hubiéramos escogido en el mercado: deforme, desproporcionadamente grande y lleno de marcas; pero también uno de esos tomates que se recuerdan (al menos, en mi caso) de la infancia, con unas rodajas irregulares llenas de recovecos. Y muy, muy rico.
Mi hermana y yo hablamos mucho de eso. También la gente suele quejarse de que la fruta no sepa ya como antes, sobre todo los tomates y las fresas. No quiero escribir un largo discurso sobre cómo se recoge, se elige y se vende la fruta (ya he hablado alguna vez de ello) pero sí animo a quien lea esto a no comprar la fruta por tener un gran tamaño o una apariencia perfecta (a veces la más rica es la pequeña o la que tiene manchas) y sí a fijarse en la procedencia, o que sea de temporada.
Bueno, la perfecta ensalada de verano. tomate, aceite, sal y una pizca de orégano. y ya. Felices vacaciones, a quienes las cojan esta semana!

jueves, 29 de octubre de 2009

Las lentejas de mi abuela (y las otras)

Estoy segura de que muchos se llevarán las manos a la cabeza al leer esta receta, pues todo el mundo piensa que la receta de las lentejas de su abuela (o de su madre) es LA RECETA de las lentejas y el resto son meras variaciones que la siguen de lejos (yo soy una de ellas, claro). En mi casa siempre se han preparado así: contundentes y muy tomatosas, casi "colorás":
De todos modos me encanta conocer las variaciones de las demás cocinas, y así, entre mis amigos, conocidos y madres ajenas hay quien las prepara con chorizo (la mayoría), con tocino, quien les echa cominos o pimentón, quien les pone arroz, quien las come con vinagre, quien hace el sofrito aparte, quien las hace con la olla exprés... Y en los restaurantes he encontrado más variaciones estupendas: con carne de caza (jabalí, perdices... riquísimas), en espuma, especiadas, como guarnición... Sería interesante conocer más versiones.
Yo dejo aquí mi aportación al glosario, que bien podría ser una receta base para todas las demás. En mi casa se preparan sólo con verdura y con todos los ingredientes en frío, pero basta añadir los ingredientes que se quieran en su momento justo para hacer un plato distinto. Hoy no me hace falta escribir la receta completa, aún conservo el papel en el que apunté la receta de mi abuela, poco después de instalarme aquí:
Como se puede ver, en la línea de mi abuela, las cantidades y tiempos exactos no existen. Por eso intentaré precisar, ajustando además a mis pequeñas diferencias. Yo pongo, para unas 3-4 raciones:
-4 o 5 puñados de lentejas pardinas (no hace falta poner en remojo) -1 cebolla entera cortada en 2 casquetes -1-2 dientes de ajo pelados y enteros -1 pimiento (puede ser verde o rojo) entero pero sin las semillas -1-2 zanahorias en rodajas -1 patata grande en cachelos -2 tomates maduros enteros -1 hoja de laurel -aprox. 1 cucharada rasa de sal -1 chorro de aceite de oliva -agua hasta cubrir holgadamente todo
Como ya dice el papel, basta ponerlo todo junto al fuego en una olla corriente (no exprés) y, cuando empieza a hervir se baja el fuego y se deja aproximadamente 1 hora, con una tapa semi-abierta que evite los salpicones y removiendo de vez en cuando para que no se peguen, sobre todo al final. Puede que sea necesario añadir más agua si hace falta a lo largo de la cocción, no pasa nada. Cuando se ve que están bien hechos el pimiento, la cebolla, el ajo y el tomate (más o menos a mitad de cocción, o a los 40 minutos) se sacan con cuidado, se trituran y la crema resultante se reincorpora a la olla, así da color y textura al guiso. Se prueban a la hora para comprobar que están hechas y a comer. El reposo les sienta muy bien.
TRUCOS: Si se ponen lentejas de las grandes, hay que dejarlas en remojo la noche antes. Se puede variar siempre la verdura que se pone, o añadir otras. Si no tenemos tomate fresco se puede poner tomate de lata e incluso triturado, quedan también buenas, muy rojitas. Si se pegan hay que remover SIN tocar o rascar el fondo, así evitaremos que el sabor a quemado pase al resto, y si podemos cambiamos el guiso de olla. Se pueden congelar, pero entonces es mejor no poner patata porque no se congela bien, aunque tampoco pasa nada. Seguro que se me olvida algo, pero creo que ya he dejado una buena parrafada, uf!

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Albóndigas con salsa de azafrán

Siempre que pido albóndigas en algún bar o restaurante me propongo prepararlas en casa, y al final nunca las hago... ayer por fín lo conseguí, aprovechando que venía a comer una amiga bastante "carnívora" a casa. Ya se sabe que en este tema hay dos equipos, los de la salsa "tomatosa" y los de la salsa "amarilla". Yo, para variar, después de consultar a mi madre y algunas otras recetas, hice lo que me dio la gana, y no quedaron nada mal:
Utilicé (para unas 4 raciones): -aprox. 400 gr. de carne picada (300 gr. ternera y 100 gr. cerdo) -1 diente de ajo -perejil freso -1 huevo -1 pizca de leche -pan rallado, o miga de pan -harina -sal y pimienta -aceite y para la salsa: -1 cebolla -1 tomate -1 hoja de laurel -unas hebras de azafrán -aprox. 1 y 1/2 vaso de agua
Se mezclan todos los ingredientes de la masa de las albóndigas (carne, ajo y perejil picados, huevo batido, un poco de miga de pan humedecida en leche y escurrida, sal y pimienta) y se hacen las bolas del tamaño deseado. Se pasan por harina, se quita el exceso y se doran un poco en una sartén con poco aceite. Se reservan.
Se limpia de restos el aceite de freir las albóndigas o, si se desea, se pone aceite limpio, y en él rehogamos la cebolla y el tomate picado con la hojita de laurel. Mientras tanto majamos las hebras de azafrán en el mortero con un poco de líquido y, cuando la verdura está casi hecha, se añade a la salsa con el resto del agua.
En este momento podemos hacer dos cosas: añadir las albóndigas directamente y dejar que se cocine todo junto, o dejar la salsa sola durante unos minutos, batirla o pasarla por el chino y añadir entonces las albóndigas, dependiendo de si nos gusta notar la verdura o preferimos una salsa más fina (yo reservé algo de la verdura y batir el resto); en ambos casos, a partir de ese punto se deja cocer a fuego medio durante 10-15 minutos, dependiendo del tamaño de las bolitas. Yo las acompañé con arroz blanco, que iba muy bien con el toque especiado de la salsa.

lunes, 27 de julio de 2009

Guisantes con jamón (Platos de la infancia I)

El otro día me partía de risa viendo a mi sobrina de 2 años comer los guisantes uno a uno, como si fueran pipas, y me acordé de lo mucho que me gustaba que mi madre hiciera este plato cuando era canija; es uno de esos platos propios "de la infancia", y creo que no sólo de la mía.
Cuando ya empecé a hacerme yo misma los guisantes, como ya me gustaba eso de la gastronomía, pensé en cómo modernizar un poco la receta, o al menos hacerla más aparente. La verdad es que es una tontería, es un plato que tiene que ser sencillo, y ya está así muy rico. Apenas hace falta (para dos buenos platos):
-300 gr. de guisantes (yo usé congelados)
-Unos 50 gr. de jamón en tiritas o tacos
-2 dientes de ajo picaditos
-Pimentón de la Vera
-Pimienta negra
-2 huevos (mejor si son de corral)
Es tan sencillo como hervir los guisantes y rehogarlos después un minuto a fuego fuerte con el ajito, el jamón y el pimentón (estos dos últimos, añadidos justo al final); las únicas variaciones que yo he hecho fue preparar los guisantes al vapor en vez de hervirlos, porque así conservan mejor el color y el sabor, y poner encima de cada plato un huevo "poché": como yo no soy especialmente habilidosa para cocinarlos, lo que hago es preparar un huevo pasado por agua durante 6 minutos, y con mucho cuidado quitarle la cáscara. Se termina con un poquito de pimienta negra, y se abre justo al servirlo. Muy rico también si con los guisantes se hace una cremita.