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viernes, 25 de abril de 2014

Resumen de un mes perezoso

Llevo bastante más de un mes sin publicar nada en el blog, y esto es bastante raro en mí. No me pasa nada, sólo he estado (y estoy) un poco perezosa para escribir. Pero eso no quiere decir que no haya cocinado, todo lo contrario: estas últimas semanas he cocinado bastante, con varias comidas y cenas de cumpleaños con amigos y familia, pero también muchas comidas diarias sencillas y ricas, como ésta:
O esta otra:
También ha habido mucha compra, y visitas a tiendas y mercados. En una de ellas M.A. se trajo estas coquinas, que sabe que me encantan:
Y, cómo no, mucho pan: bagels, panes de hamburguesa, de molde, de centeno, y últimamente sobre todo integral.

En Badajoz he aprovechado algún día de sol para acercarme con la bici al mercadillo y sorprenderme con algunas de las cosas que se venden por allí:

Y toca volver al huerto, y alegrarse con todo lo que te regala a pesar de no haberle hecho demasiado caso este invierno. El pobre ha estado bastante abandonado, y aún así las fresas nos alegraron con las primeras frutas a finales de marzo:
Los dos pequeños almendros han arrancado este año con la que posiblemente sea nuestra primera (y escasa) cosecha de almendras, aunque aún hay que esperar:
Y por último, llegó la pequeña gran decepción de este año, que ha sido la confirmación de que a los ruibarbos no les gustó demasiado el calor horrible que hizo en el verano pasado: aunque arrancaron bien y pude coger unas pocas pencas en junio, con los calores de mitad del verano se vinieron abajo, y este año sólo han rebrotado dos (uno de ellos bastante raquítico). Así que ahora estoy con un plan de cuidados intensivos, a ver si rescato al único que parece tener posibilidades... en un par de meses comprobaremos si se ha podido hacer algo.
Mientras tanto, ya están puestos los plantones de tomates, berenjenas, pimientos y melón, en menor cantidad este año para ver si no se nos va de las manos como el año pasado. Los ratones que se han instalado en el huerto no nos lo van a poner fácil, pero algo quedará.
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Me hubiera gustado publicar hoy una receta portuguesa, para celebrar el 40º aniversario del 25 de abril; no he llegado a tiempo, pero no quería dejar de mencionarlo en el blog. ¡Feliz día, amados vecinos de Portugal! Pronto estaré por allí.


miércoles, 13 de noviembre de 2013

Mármol, vino y comida (mucha comida)

Esta primera foto trae pistas, para quien conozca la zona: suelo de mármol, vino tinto en un vaso de Nicola, una casita con zócalo pintado de azul... 
¡Sí! Estamos en el Alentejo. Para ser más exactos entre Estremoz y Borba, una zona conocida por su vino y por sus canteras de mármol. Lo que no sabía hasta hace poco es que en Estremoz se celebraba cada sábado un mercadillo de antigüedades y productos agrícolas; me lo descubrió un taxista de Badajoz y desde entonces tenía ganas de ir, pero ha resultado mejor de lo que esperaba. Desde el viaje a Lyon tenía mucha envidia de los mercadillos callejeros de allá, ahora sé que tengo uno al otro lado de la frontera. 
Por supuesto, había mucha verdura y fruta, y muchos productos curiosos o que no son tan comunes en mercados españoles: por ejemplo, aceitunas en crudo o aliñadas de varios modos (y, abajo a la izquierda, altramuces - tremoços - la tapita obligada para la cerveza en muchos sitios de Portugal):
Frutos secos de otoño (castañas, avellanas...) a muy buen precio, ¡y hasta bellotas! Justo al lado, manojos de poejos (poleo) que en el Alentejo se utilizan para las açordas y otras sopas:
Calabazas, muchas calabazas, incluyendo las del cabello de ángel:
Preciosas manzanas... (como dijo M.A. viendo el cajón repleto de la foto, quién fuera burro):
Y para los de las huertas, plantones y semillas. Una de las cosas que más me ha sorprendido siempre del otro lado de la Raya son los huertos, no sé cómo puede ser que estando justo al lado, aparentemente con el mismo clima y todo, consiguen esos huertos tan frondosos y verdes que parecen gallegos, pero es así; en cada trocito libre, casi al lado de cada casa aparecen esas pequeñas plantaciones de coles apretadas que a mí siempre me han dado mucha envidia.
Y para los que no quieren tanto verde, carnuza: toooda clase de embutidos y chacinas. Yo no soy especialmente aficionada a estas cosas, quizás más desde que vivo con el mozo y me he acostumbrado a tenerlas en casa, pero he de reconocer que me costó elegir qué traer (lo mismo pasó con el quesito).
Había otras cosas que no están en las fotos: plantas aromáticas de lo más singular, conservas, caza, y también animales vivos, que es quizás lo que más lo diferencia de cualquier mercado que se pueda ver a este lado de la frontera. Como pasaba en Lyon, los puestos eran muy diferentes entre sí: los había muy grandes, con mucha variedad de productos, y otros diminutos, apenas una mesa en la que se vendían dos o tres cositas. Yo prefiero estos últimos porque, si bien no son tan impresionantes, suelen ser los que regentan los pequeños productores que ofrecen directamente su producto. Con esta idea, y persiguiendo a las señoras portuguesas elegí el sitio donde comprar algo de queso, embutido y mermelada.
Para los que estén a dieta o prefieran la decoración, al otro lado se juntaban puestos y puestos de cacharritos para la cocina (o, si eres bloguero, para que tus platos luzcan tan bonitos en las fotos como los de Jamie Oliver en esas preciosas vajillas viejas):
O para llenar tu cocina de moldes viejos de cobre y convertirla en la cocina de Downton Abbey:
O para tomar el té como si fueras la condesa de Grantham:
Después del mercado, tocaba dar un breve paseo para hacer hambre y buscar un buen sitio para comer, por ejemplo, una sopa de tomate y un plato de cabrito o de conejo guisado acompañado de un vino de Borba (nota mental: la próxima vez pedir menos comida, o pedir medias raciones):
(¿Todavía hay alguien que duda si merece la pena ir a Portugal?)

miércoles, 3 de julio de 2013

Cosas por las que volver una y otra vez a Lisboa

Mientras estuve viviendo en Lisboa siempre fantaseaba con mi amiga L. sobre vivir en un bonito edificio con fachada de azulejos azules. 12 años después, por fin nos hemos permitido este lujo, aunque sólo haya sido durante 4 días.
Como diría M.A., ha sido un viaje de amigotas. Como las tres habíamos estado ya allí varias veces hemos dejado de lado las visitas turísticas (ni siquiera hemos ido a comer pasteles a Belém...) y nos hemos dedicado a pasear tranquilamente por la ciudad, comprobando los últimos cambios, conociendo nuevos cafés y restaurantes, o curioseando los siempre abarrotados escaparates de las pastelarias...
Un par de días de playa...
Y mucho relax. Visitando algunas de las tiendas de las que tanto habíamos oído hablar:
Y comprobando allí que, además de latas, los portugueses editan unos libros preciosos:
También fuimos a sentarnos un rato bajo mi sombra favorita de Lisboa...
Y a conocer, a pocos metros de allí, el Mercado Biológico de Príncipe Real, que una vez más me ha hecho preguntarme qué hemos hecho los pobres madrileños para no tener aún uno de éstos:
Había verduras, toda clase de hierbas (¡verdolaga!, o, como ellos dicen, beldroega), fresas y otras frutas (que compramos, lavamos en una fuente y comimos allí mismo):
Amoras (¿no es un nombre precioso?)...
Hinojo (funcho) y apionabo o, como dicen ellos, apio bola:
Patatas de varias clases (qué envidia):
Y cidra (chila), la calabaza con la que se hace cabello de ángel y que yo nunca he visto vender en España. Recuerdo haber comido de pequeña yogures de chila en Portugal, hasta mucho tiempo después no supe qué era:
Como ya dije compramos algunas frutas y yo además traje unas piezas de apionabo para que las probase mi hermana; aunque lo mejor que encontré fue esto, unos deliciosos panecillos de calabaza y anís que me están alegrando los desayunos desde que volví:
Cuando planeábamos el viaje ya previne a mis amigas, diciéndoles que había más de una panadería que quería conocer. Finalmente sólo visitamos una nueva, Tartine (sí, le han copiado el nombre a Chad Robertson, es un poco pretencioso de su parte); el aspecto de boutique, los elevadísimos precios y la desmesurada antipatía de algunas de sus dependientas no ayudaron mucho a crear una buena impresión, pero a cambio he de reconocer que el pan que nosotros probamos estaba muy, muy bueno y que el desayuno allí resultó muy agradable. A la vuelta pasamos de nuevo y me traje una baguette con semillas de amapola, la que más nos gustó.
Así que después de mi llegada he tenido en casa este bonito bodegón (ay, qué poco ha durado..):
Hubo muchas más comidas, cafés, tiendas, paseos, helados y pasteles... que no fotografié, pero sí quería hablar de la impresión con la que volví, sobre la enorme cantidad de nuevos sitios, tiendas, restaurantes... que encuentro cada vez que vuelvo a Lisboa. Lamentablemente, muchos sustituyen a otros que cerraron poco después de conocerlos yo... en esto me recuerda a lo que pasa en mi barrio de Madrid. 
Aunque algunos están orientados al turista y se inspiran en modelos extranjeros, muchos otros de estos locales son lugares especiales, posibles sólo allí, y ponen de manifiesto el valor que los portugueses reconocen a sus propios productos y cómo en tiempos tan difíciles - nuestra visita coincidió con la huelga general - ellos están respondiendo con un gran derroche de creatividad y con  voluntad de afianzar su identidad y de valorar todo lo bueno que tienen. Ya sé que mi opinión no es objetiva, pero desde luego a mí me pareció inspirador, y como siempre me fui con la promesa de volver muy pronto, y con ganas de animar a lo que aún no hayan ido.

martes, 11 de junio de 2013

Esparregado de espinacas, y otras cosas

Sí, ya sé, es un plato muy verde. Le encantará a los amantes de las espinacas, y al resto... les recomiendo que le den una oportunidad, a lo mejor se sorprenden.
El esparregado es una guarnición portuguesa que se prepara con espinacas u otras verduras de hoja: también se hace con grelos, acelgas, coles y hasta con hierbas silvestres como la verdolaga. Es muy parecido a nuestras espinacas a la crema, una crema muy espesa (más que la que yo he hecho esta vez) que se prepara con la verdura cocida y rehogada y a veces una pizca de bechamel que la suaviza y le da cremosidad; el grado de "verdor", de triturado y la textura dependen del gusto de cada uno, así como las especias que se usen para prepararlo. Yo, para una ración para 2 personas he usado:

-1 manojo muy generoso de espinacas, porque se reducen mucho (también se pueden usar congeladas)
-1 diente de ajo
-1 cucharada escasa de harina
-leche caliente, aproximadamente 100-125 ml.
-sal, aceite de oliva, nuez moscada
Las espinacas se lavan bien y se ponen a cocer en un cazo con sal (yo no pongo agua, las espinacas sueltan un poquito y eso es suficiente). Cuando ya se han rendido del todo se pican bien y se rehogan con aceite y un ajo picado, con cuidado de que éste no se queme o dará sabor amargo. 
Se añade la harina, espolvoreándola bien para que no se formen grumos, y se deja que se cocine un poco; entonces se agrega la leche caliente poco a poco, removiendo, hasta que la mezcla tenga la consistencia que queremos (teniendo en cuenta que al enfriar espesará algo más). Se corrige de sal y se añade nuez moscada, pimienta, o lo que más nos guste. Podemos dejarla así o batir, dejando una crema. Yo la prefiero más espesa pero esta vez la batí.
Preparé el esparregado con las espinacas que compré en el mercadillo de Badajoz, que se celebra los martes y domingos y al que me gusta ir de vez en cuando por los puestos de verduras y para comprar algún cacharro de cerámica para la cocina; no es precisamente un mercado con glamour (que nadie vaya esperando un mercado al estilo de los franceses, vaya), pero la verdura y la fruta suelen merecer la pena, tienen muy buen precio y a veces puedes encontrar productos que son raros en las tiendas convencionales, como las remolachas con hoja. Esta vez trajimos, entre otras cosas, muchas espinacas frescas y un buen puñado de tomates:
El postre, eso sí, viene del huerto: plantar fresas es de las cosas más fáciles y agradecidas, o eso me parece a mí (quizás estamos teniendo mucha suerte): no es que saquemos una producción enorme, pero sí continua: casi siempre que vamos nos volvemos con un puñadito de fresas bien maduras; esta vez las llevé a casa, pero lo que más me gusta es comerlas directamente allí, cuando todavía están templadas por el sol. Un verdadero lujo.

domingo, 31 de marzo de 2013

Lyon (segunda parte): verdura y bicicletas (y más pan)

No todo ha sido pan y queso en Lyon (aunque casi): en los mercados también nos sorprendieron mucho los puestos de verdura, y eso que dada la época no esperábamos mucha variedad. Sin embargo, se podían comprar, por ejemplo, toda clase de hierbas:
Unas enormes, redondas y preciosas alcachofas, diferentes a las pequeñas que solemos tener nosotros aquí:
Y sobre todo muchas raíces y tubérculos: algunos ya los había probado o había oído hablar de ellos, como las chirivías y los tupinambos; otros como el rábano negro o las rutabagas fueron una sorpresa, y de haber podido meterlos en la maleta me hubiera traído un buen puñado (aunque no sé que hubieran pensado de ello en la aduana, creo que ya les extrañó bastante que llevara 2 paquetes de harina):
Remolachas, apionabos y más rábano negro, y un montón de hierbas silvestres, entre ellas achicorias y diente de león:
Una de las cosas más peculiares (y prácticas, me pareció) fue el sistema de venta de la fruta y la verdura, que en muchos puestos se distribuía en platillos a los que se les ponía un precio fijo, como aquí:
Por último (además de muchas cosas de las que no ha quedado foto) estaban los puestos de embutidos, a los que en Lyon parecen profesarles verdadera devoción, sobre todo a los salchichones; los poquitos que probamos estaban muy buenos, si bien es verdad que no es a lo que hicimos más caso porque sabíamos que en los restaurantes íbamos a encontrar muchos productos del cerdo:
Por todo esto, Lyon me pareció una ciudad maravillosa para vivir, pero también por muchas otras cosas: los dos ríos y sus orillas, especialmente el paseo fluvial del Rhône, en el que por la tarde se juntaba la gente para pasear, correr o sentarse en una terraza; porque tiene mil cosas que ver pero no es una ciudad de turistas, o al menos yo no me sentí turista en todo el tiempo que estuve allí; porque hay varios barrios diferentes pero la ciudad es abarcable, porque tiene mucha vida... 
Y por supuesto por las bicis: hacía mucho que no me muevo en bicicleta por ciudad (en Madrid me da bastante miedo por ahora y en Badajoz rara vez me hace falta) sin embargo en Lyon es la manera perfecta de desplazarte, entre otras cosas porque el sistema de bicis públicas funciona muy bien: te coges una en cualquiera de las muchísimas estaciones que hay por toda la ciudad:
... te vas a tu boulangerie favorita (a nosotros nos encantó la de Saint Vincent, frente al río Saône), te compras una estupenda baguette (o dos) y un pain au chocolat, intentas que tu mozo se aparte un poco para hacer la foto (pero no lo consigues porque está muy concentrado comiéndose la baguette)...
Y metes lo que queda de ella en el cesto de tu bicicleta:
Entonces la juntas con un poco más de queso, que no te has podido resistir a comprar (aunque todavía te quedan de los de ayer) porque éste aún no lo has probado: 
Y ya que pasas por una boucherie te llevas un trozo de pâté en croûte que en realidad no te hace ninguna falta, pero ya que estás...
Y como ya es tarde te sientas a comer en un banco de una preciosa plaza llena de magnolios:
Por la tarde sigues recorriendo la ciudad, en bici, andando o subiendo escaleras, que son muchas pero no te vienen mal para bajar todo lo que has comido. Y ya no puedes comprar más porque aún te queda de todo en la mochila y no te va a dar tiempo a comerlo, pero no puedes resistirte a hacer una foto cuando pasas por el escaparate de esa panadería que te habían recomendado:
Compruebas en la siguiente que el pan de allí, teniendo en cuenta la calidad que tiene, resulta en comparación mucho más barato que el nuestro (y te da pena): 
Y por la tarde cuando vuelves a casa a descansar un rato te compras un croissant (aunque te tientan también las barras de Viena y los obscenos brioches) porque no te puedes ir sin probar al menos uno y además aquí todos son de mantequilla de verdad y son tan baratos que ni te lo crees. Te preparas un café, y te pones a pensar y escribir de todo lo que has visto, lo que más te gusta, lo que echas de menos en tu ciudad...
Y aquí empieza mi rollo, que puedes leerte si quieres y si no, pues no... Hay una cosa que es lo que más envidia me da de Lyon (y de toda Francia, me temo) y es la devoción que tienen por sus propios productos, que explica el éxito de los mercados de productores y que allí el pan, la bollería, los lácteos con el queso a la cabeza y muchas cosas más sean de tan buena calidad no sólo en una tienda de productos lujosos sino en cualquier tienda de barrio: por poner un ejemplo, la leche fresca que nosotros teníamos para el desayuno la compramos en una tienda bastante normalucha, el equivalente a un chino de aquí, y aún así es la leche más rica que he probado yo en mucho, mucho tiempo. Lo mismo con el pan. Y encima todo eso era barato. Creo que en esto nos llevan claramente mucha ventaja y que tenemos mucho que aprender.
Por otro lado, no quiero volver con esa sensación amarga de quien piensa que fuera todo es mejor, así que durante todo el tiempo intentaba encontrar también las cosas buenas de aquí, pensando en lo que un turista envidiaría de Madrid u otra ciudad española si viniera a visitarlas, y comparando: para empezar, el vino: supongo que si uno se gasta un dineral en comprar vino, entre los franceses habrá verdaderas maravillas, pero con el presupuesto mediano que manejo yo, a igualdad de precios creo que en España tienes más donde elegir (puede que esto sea una paletada, pero es lo que a mí me ha parecido después de probar varios y viendo allí las copas de vino a 4, 5 o 6 euros). 
Me daba envidia que en (casi) todos los restaurantes el pan era excepcional.
No  me daba envidia el café: en Lyon era tan malo como en Madrid. Mentira, era aún peor que en Madrid, pero encima te cuesta una pasta. (Ya lo avisaban aquí).
Me daba envidia que en todos los restaurantes te ponían una jarra de agua sin pedirla, no intentaban colarte la mineral y no te la cobraban.
No me daba envidia que las naranjas y los cítricos en general eran muuuuy caros (porque siempre eran de Marruecos, de Túnez o... de España :)
Me daba (mucha) envidia que los lioneses coman aparentemente todos esos croissants, brioches, quesos y demás y todos sigan teniendo el tipín intacto (¿será la bici? ¿las escaleras? ¿el amor?).
Y... bueno, me queda el consuelo de que allí aún no han descubierto las migas :)
Quedan fuera del relato muchas cosas más, que se me han olvidado. No hay fotos (porque me dediqué sólo a disfrutarlo) de las cenas en varios restaurantes, entre ellos un tradicional bouchon lionés, en el que entre otras cosas probamos la andouillette con salsa de mostaza, de la que yo no esperaba mucho y sin embargo me encantó (creo que los lioneses nos ganan en pasión por el cerdo, hasta a los extremeños). Tampoco hay fotos del pequeño concierto que escuchamos una noche, de los telares de las casas de los canuts, de los muchos y preciosos puentes y pasarelas de los dos ríos, ni de las muchas cosas que nos quedaron por visitar, y por las que seguramente volveremos pronto.
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Por si os animáis, os dejo links útiles:
Lyon en La Flor del calabacín, aquí, aquí y aquí
Varias entradas sobre Lyon en Faim de Lyon
Varias entradas sobre Lyon en Jin loves to eat