Como ya decía el otro día, en días calurosos nada mejor que llegar a casa y tener la comidita preparada, o casi, en la nevera. Cuando además la comida es un regalo, mucho mejor: en este "picnic" casero, que comimos hace ya unos días, la protagonista era la salsa brava de las patatas, obra - una vez más - de la madre de M.A. La comida: un
gazpacho, jamoncito, pan casero... y las bravas. Con ellas además me curé de la envidia que me dio
esta entrada de Audaciosus, en la que aborda el espinoso tema de las bravas auténticas ( y además, da la receta!).

Hoy yo no tengo receta; nuestra única aportación al plato fue cortar y freir las patatas como debe ser, lo cual debe ser más difícil de lo que parece, visto lo visto en nuestras últimas incursiones en varios bares madrileños para curarnos las ganas de unas buenas bravas; una observación que me sirve como excusa para comentar en el blog algo que suelo hablar muchas veces con amigos y, sobre todo, con M.A.: la pérdida de muchas de las cosas buenas de los bares y restaurantes de Madrid, en contraste con ese afán "modernizante" y "diseñil" de muchos establecimientos de la capital. Resumiendo, y para quien no sepa de qué hablo, lo que sucede es que cuanto más caros y modernos son muestros bares, en general peor se come y se bebe en ellos (salvo excepciones, claro, que las hay, y muy buenas).
Últimamente no salgo tanto como antes, pero precisamente por eso cuando salgo quiero disfrutar realmente lo que pido, y reconozco que muchas veces salgo mosqueada de los sitios. Así que, aprovechando que tengo donde contarlo, y como conocedora de muchos bares, restaurantes y demás (y aun a riesgo de que se note que cada vez estoy más abuela cascarrabias) aquí les dejo unas humildes recomendaciones a los señores hosteleros del país, y sobre todo, a los de Madrid:
Por empezar con lo ya dicho, las raciones de toda la vida
Lo primero, y a petición de M.A., he de contar lo difícil que resulta encontrar hoy en día bravas y otros muchos platos sencillos y muy ricos de nuestra gastronomía, y sobre todo bien hechos, entre las raciones y menús de los bares madrileños, desplazadas por toda clase de raciones modernas (y escasas) sepultadas bajo litros de reducciones, mermeladas y otros adornos; lo peor es que, además, las innovaciones no suelen ser originales: cuando algo se pone de moda acaba estando en todas las cartas de la ciudad. Por otra parte, y para aquellos que aún las sirven: señores hosteleros, por favor, las bravas se fríen poco antes de comerlas, no varios días antes. ¡Las patatas congeladas o recalentadas no valen! Lo de la fórmula auténtica de la salsa no lo puedo discutir por desconocimiento, pero seguro que no tiene nada que ver con esa especie de ketchup picante que se suele comer.
El café
No voy a pedir que el café en Madrid tenga la calidad del italiano ni el precio del portugués, pero que cualquier café mediocre en el centro te cueste de media 2 euros clama al cielo. Otra cosa que no entiendo, y que ya me ha pasado muchas veces, es salir por la noche después de cenar, llegar a una cafetería abierta (no a un club o a una coctelería, a una cafetería), pedir un café y que me digan que ya han apagado la máquina y que ya sólo ponen copas. ¿Y si lo que me apetece, aunque ya sean las 12, es un café? ¡Grrrrrr!!! ¿Cómo puede ser que una ciudad que presume de estar siempre en marcha tenga tantas restricciones de horarios? (Lo mismo con los desayunos que te ponen sólo hasta las 12, incluso los domingos, o los turnos tan rígidos de algunos restaurantes para cenar los fines de semana... incomprensible).
El pan.
No soy la primera en decirlo: casi cualquier restaurante, del precio y calidad que sea, y por mucho que cuide otros productos o la presentación, suele servir mal pan. Incluso productos de calidad, como los buenos quesos, suelen venir acompañados por un pan horrible.
El vino.
Los vinos, he de reconocerlo, han mejorado bastante últimamente en muchos establecimientos; no sé si será por moda, pero por suerte cada vez se ven más vinos de zonas diferentes a las más comunes, cartas que cambian con frecuencia y recomiendan vinos nuevos y desconocidos, etc. ¿Lo malo? Por supuesto, el incremento del precio, aunque eso es comprensible en muchos casos; lo que no me gusta, aunque sé que para mucha gente no tiene importancia, es cómo se sirve. Me explico: a mí me gustan los bares "normales", de barrio, en los que vas, pides un vino a secas, te ponen tu chato o tu copita con las aceitunas y te quedas tan contenta; pero (llamdme exigente, repelente o lo que queráis) si alguna vez vas a un sitio que se las da de lugar selecto (vinotecas etc), donde eliges un vino determinado que suele costar una pasta, aunque merecida, te lo tienen que llevar en la botella y servirlo en la mesa, y no siempre es así. Tampoco lo ponen siempre a la temperatura adecuada.
Los postres.
Aquí hay para rato... por ejemplo, un clásico: Ves en el menú "natillas caseras". Preguntas ¿son caseras-caseras de verdad las natillas? Responde el camarero: Sí, por supuesto. Y a continuación te ponen unas danone volcadas en un cuenco y disfrazadas con un buen viaje de canela. Grrrrr de nuevo. O la saturación de brownies, cheesecakes, coulants de chocolate y tiramisús de diverso pelaje en todas las cartas: que sí, que son todos postres muy ricos, y que no siempre iba a ser todo helado, yogur y flan, pero un poquito de variedad no vendría mal, ¿no? :)
Podría seguir... con los encontronazos que he tenido a veces con algunos camareros defendiendo lo indefendible (y el mal humor de muchos de ellos), con la terrible iniciativa de algunos restaurantes de mi barrio de cobrarte el agua del grifo (que por suerte parece no haber tenido mucho éxito), con la estupidez de algunas reformas suuuper-modernas (y esto ya lo digo como arquitecta, ¿es que mis colegas, cuando los diseñan, no se da cuenta de lo mal que funcionan acústicamente la mayoría de los locales, o la cantidad de bombillas que sobran en ellos?), y tantas otras cosas.
También podría citar muchos sitios en los que sucede todo lo contrario, como los que he ido recomendando en el blog y otros que iré poniendo: sitios sencillos con una cocina simple pero bien hecha, otros más caros pero en los que todo está tan rico y cuidado que merece la pena cada céntimo gastado, otros en los que siempre te atienden con una sonrisa y que sabes que siempre te recomiendan lo mejor que han preparado ese día... por suerte todavía quedan establecimientos estupendos y muy diferentes, algunos de toda la vida y otros proyectos nuevos llenos de ganas de hacer algo bueno.
¿Qué pensáis vosotros? ¿Qué echáis de menos en los restaurantes de vuestra ciudad, o qué os gustaría que cambiara?